Dos decenios después de la guerra de Bosnia, la capital reinaugura este viernes el edificio de la antigua Biblioteca Nacional para albergar la nueva sede del Ayuntamiento. La Vijećnica, un tesoro cultural símbolo de un país multiétnico arrasado durante el asedio a la ciudad en los noventa, recupera parte de su esplendor. Aunque con menos libros, perdidos en su mayoría bajo las llamas. Una caja de bombones sin bombones, metáfora de un enclave desunido que sufre el paro y la corrupción, pero que se rebela por un porvenir mejor.

Mukadesa Šagolj interrumpe suavemente a su marido, Mirko Šagolj, exdirector del periódico Oslobođenje, el diario que se hizo famoso por ser el único que salió a la calle cada día durante el asedio a Sarajevo. Le abraza por detrás, por el cuello, con ternura, en el salón de su casa, en el barrio de Marijin Dvor, en la capital de Bosnia-Herzegovina. Ella musulmana. Él católico. Ninguno practicante. Un matrimonio mixto. Como era normal en la ex-Yugoslavia antes de las guerras de los años noventa, fruto de una rica historia de mezcla cultural y de cierto desapego religioso durante el socialismo. “Yo era bibliotecaria en la Vijećnica. ¡El día que se quemó todo el mundo lloraba! El fuego se extendió sin remedio. Había más de 800.000 títulos (otras fuentes hablan de entre 1,5 y 2 millones de volúmenes) del periodo austrohúngaro y del otomano. Apenas se salvaron unas cajas que había sin catalogar en el sótano. Nadie pensó que alguien quisiera atacar la Vijećnica. Solo una gente muy primitiva hace algo así”, lamenta la mujer.

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