LA PRIMERA carta que recibí de ETA fue hacia 1990. Me la mandaron a casa y la cogió mi mujer. Eso complicó las cosas. Si la hubiera abierto yo, la habría metido en un cajón, pasado la procesión por dentro y no habría molestado a nadie. A los tres o cuatro días ella me dijo:

—Miguel, ¿qué hacemos? ¿Has estado con alguien?
—¿Con quién voy a estar? No quiero pagar.
—¿Por qué no quieres…? ¿Qué te parece si…?
—No quiero que otra persona sufra un atentado.Tuvimos discusiones internas hasta que creamos un consejo familiar para ponernos de acuerdo en nuestras actuaciones y evitar la soledad. Éramos mi esposa, mi hija, mi yerno, mi hermano, mi cuñada. Hicimos piña”.

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La nave industrial de los Lazpiur se asienta junto al río Deba, en Bergara (Gipuzkoa). Miguel Lazpiur, de 74 años y codirector de la compañía junto a su hermano Agustín, abre la puerta de las oficinas. En lo alto del taller, un letrero: “Kalitatea gure etorkizuna da” (la calidad es nuestro futuro). Es la máxima de una empresa que exporta a más de 20 países sus piezas de mecanizado de alta precisión y las máquinas a medida que diseñan para otras compañías.

“Te pasan muchas cosas por la cabeza [al recibir la carta]”, inicia Lazpiur, con un marcado acento vasco. Y lanza un pequeño suspiro. “Es una losa que tienes encima. Dicen que es como si te diagnosticasen un cáncer. Es un trauma enorme que convulsiona a la persona y a la familia. Ya no te fías de nadie. Cualquiera puede haber dado tu nombre. Pienso que no fue nadie de la empresa. Quizá sí de Bergara. Porque si vas a un bar a tomar un pote y al camarero lo detienen a los dos años… piensas en cosas, ¿me entiendes?”.

ETA anunció su último alto el fuego en septiembre de 2010 y en noviembre envió su última carta de extorsión. En octubre de 2011 declaró el “cese definitivo” de su actividad armada. “En otras treguas nunca paró el impuesto revolucionario. Es lo único que siguió funcionando. Los empresarios fueron víctimas desde el minuto cero hasta el último”, señala Jon Ziarsolo, jefe de inteligencia de la Ertzaintza, en el cuartel general de la policía vasca en Erandio (Bizkaia). “Nos corresponde ensalzarlos. Han sido unos héroes. Muchos se podrían haber ido. Hubo mil ejemplos de fortaleza. Hubo quienes colocaron las cartas en el tablón de anuncios de la empresa”, afirma.

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