“¿Cuál es el objetivo de coleccionar arte? Imagino que sirve para iluminar y enriquecer la vida de un ser humano. La razón para realizar una misión espacial es idéntica, alumbrar la visión de las generaciones más jóvenes”. Con un tono de voz tímido, Johannes Benkhoff, científico jefe del proyecto BepiColombo, defiende uno de los retos más apasionantes y desafiantes que tiene la Agencia Espacial Europea en su agenda, explorar Mercurio junto a la JAXA, su homónima japonesa, con dos naves que llegarán unidas al planeta más cercano al Sol. Un viaje de siete años y medio que comenzará en enero de 2017, con su lanzamiento al espacio desde la Guayana Francesa, lugar de salida de los cohetes Ariane europeos fuera de la Tierra. Para que llegue ese momento, la ESA trabaja contra reloj para evitar un nuevo retraso de una misión para la que la agencia ha aportado 1.170 millones de euros y cuyo pistoletazo original se preveía para julio de 2016.

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En Noordwijk (Holanda), en el Centro Europeo de Investigación y Tecnología (ESTEC, en inglés, donde palpita el corazón científico de la agencia, a 50 kilómetros de Ámsterdam), científicos e ingenieros corretean por el interior de un edificio de unas seis plantas de altura que, diáfano de arriba abajo, deja a las personas pequeñitas en su interior. Nadie entra sin bata, gorro y los zapatos cubiertos con plástico, para preservar la limpieza en este quirófano de la ciencia, blanco, ordenado y aséptico. En una tarde de abril, una veintena de especialistas trabajan en la nave espacial europea. Algunos fotografían compulsivamente esta caja futurista de unos dos metros de alto, ancho y largo llena de conexiones, protuberancias de color rojo que resultan ser pequeños motores, tornillos y elementos oro y plata: “Puedes apreciar la complejidad de la nave, con cientos de kilómetros de cable y multitud de instrumentos que normalmente no se ven porque todo se cubre con láminas de aislamiento”, señala Benkhoff.

La Agencia Espacial Europea cumplió ayer 40 años, aunque sus primeros orígenes se remontan a una década antes de aquel 30 de mayo de 1975, cuando las precursoras de la actual, ELDO y ESRO, se fusionaron en una. Diez países, entre ellos España, firmaron la convención de la ESA. Hoy ya son 22. Los 2.234 empleados (190 españoles) trabajan codo con codo en ocho sedes repartidas por Europa –entre las que están la mencionada de Noordwijk y una en España, en Villanueva de la Cañada (Madrid), donde se encuentra el Centro de Astronomía del Espacio–, más una localización fuera del continente, en el territorio de ultramar francés de la Guayana.

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