Son familia. Porque llevan el mismo apellido, porque un día sus antepasados comenzaron el negocio o porque ellos lo levantaron de cero, lo han transmitido a sus hijos y aspiran a que estos hagan lo propio con sus nietos. Pero también porque forman parte de un círculo más amplio, el de los vinos españoles, rico en diversidad y que cada día gana terreno internacional, en paralelo a la gastronomía española. A golpe de una buena relación calidad-precio, de tradición, pero también de innovación. A base de invertir en darse a conocer, apostando por el trabajo en la viña, a diferencia de antaño, cuando los vinos cobraban importancia en las bodegas. Con filosofías diferentes, pero igual de interesantes y válidas, respetando el terruño, recalcando que el negocio vitivinícola es estratégico para España, número uno en viñas y en el tercer puesto mundial en litros producidos. “Es de las pocas industrias que no se puede deslocalizar”, dicen, pues el secreto de un buen caldo está en la tierra, en obtener las mejores uvas, en sacar el mayor partido a las cepas, a las variedades autóctonas.

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