La primera tabla de surf que llegó a España lo hizo a una ciudad sin olas ni mar: Pamplona. Allí, en 1957, se rodaba la película Fiesta, cuyo guionista, el estadounidense Peter Viertel, marido de la actriz Deborah Kerr, vio durante unos días de descanso en la cercana ciudad vascofrancesa de Biarritz la posibilidad de practicar su hobby favorito, el surf. Fue entonces cuando Viertel y el hijo de uno de los productores del filme buscaron la excusa perfecta para traerse unas tablas de Estados Unidos: pedir más material cinematográfico. El surf arraigó enseguida en el sur de Francia, pero en el lado español de la frontera aún debería esperar unos años. Hasta que dos chavales de Gijón intentaron colocar sus pies sobre una plancha de madera labrada a mano y se curtieron entre las olas de forma autodidacta.

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“No teníamos ni puñetera idea. ¡Nos metíamos cada hostia!”, recuerda Amador Rodríguez, uno de ellos. Su amigo y compañero de fatigas Félix Cueto, ya fallecido, es considerado el auténtico pionero. La persona que trajo el surf a España. “Félix tenía 16 hermanos”, rememora Amador. “Entre ellos, una hermana azafata. De uno de sus viajes trajo el Surfin’ USA de los Beach Boys. En la carátula del disco aparecía una ola en Hawái de unos tres metros, surcada por un surfista. Félix se obsesionó al verlo y me dijo: ‘Eso se puede hacer aquí’. En 1962 fabricó una tabla. No sé ni cómo. Pesaba tanto que teníamos que bajarla entre los dos a la playa”. Ese verano vivieron juntos lo que Rodríguez denomina un “experimento”: “Montamos en la tabla, sí. Pero a aquello aún no se le podía llamar surf”.

El milagro sucedió al año siguiente: “Me llamó de nuevo Félix y me dijo que había fabricado una tabla nueva durante el invierno. La hizo a partir de las indicaciones de una revista americana, la mítica Mecánica Popular. Así que, cuando llegó el verano, nos metimos en el agua y empezamos a intentarlo. Al principio cogíamos las olas ya rotas, las espumas. Un día que había un poco más de mar, yo, que era un gallito, me metí, empecé a remar, traté de coger dos olas y me caí. Pero a la tercera, por azar, enganché una ola en paralelo a la playa. Porque el surf no es ir hacia la arena, sino recorrer el tubo de la ola en paralelo. Aquella ola me iba rompiendo por detrás. Cuando salí del agua, Félix me cogió por el cuello y me gritó exultante: ‘¡Cabrón! ¡Eso es el surf! ¡Eso es el surf!”.

Así cabalgó la primera ola. Y así –La primera ola– se titula también un documental reciente que recupera las hazañas de estos exploradores del mar, buceando en los orígenes del surf en España. La película, dirigida por el malagueño Pedro Temboury (realizador también de Monopatín en 2013), se estrenó en el pasado Surfilm Festibal en San Sebastián y estos días se puede ver en Movistar +.

La primera ola reúne a los principales protagonistas de una revolución silenciosa, la llegada de un deporte que siempre fue más: un estilo de vida, una filosofía. Y recupera imágenes en super-8 tomadas en aquel tiempo. Una historia extraordinaria que comienza con una pieza del No-Do de principios de los sesenta, cuando España vivía entre inauguraciones de pantanos por parte del general Franco, desfiles militares y procesiones católicas.

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