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No hay tiempo para casi nada en la vida de Jorge Lorenzo (Palma de Mallorca, 1987). Su existencia transcurre a toda prisa desde que debutó como profesional hace una década, cuando tenía 15 años. A 300 kilómetros por hora, a veces reales y a veces metafóricos, este chico cabalga como un pequeño jinete en un viaje que de momento no tiene fin, quemando rueda de país en país, de evento en evento, de carrera en carrera, sorteando una curva tras otra, volteando su cuerpo y su moto de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, acelerando

frenando, apurando distancias y tiempos, tratando de hacer lo que sabe lo mejor posible y lo más rápido, cruzando líneas de meta victorioso. El año pasado, el de su segundo cetro mundial en ­MotoGP, Lorenzo ganó 6 carreras y quedó segundo en 10, de un total de 18 circuitos en los que se disputó el campeonato. Esa regularidad le hizo imponerse, no sin dificultad, a otro español, Dani Pedrosa, que si bien realizó una segunda mitad de Mundial muy buena, no estuvo a la altura de Jorge en la primera y acabó pagándolo.

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